Gente

miércoles, 17 de junio de 2009 by dispersa


Ultimamente me he perdido al contar hasta treinta, me he perdido o se agota antes mi paciencia. Aunque pienso que no esta mal del todo, ya que antes solo contaba hasta diez. La culpa la tiene la gente, la gente que va de gilipollas y los que lo son de verdad, no sé cual de estas dos especies es peor. Y luego están los viejos, ancianos, gente de la tercera edad o como los quieras llamar, porque si mucho pobrecitos pero llegan a desquiciar a un Santo. (Y ahora me siento cruel y mala persona).

Lo de menos es intentar razonar con ellos. Hay mentes abiertas, cerradas, atrofiadas, dilatadas, raquíticas. Conozco unas cuantas que aparentemente funcionan a las mil maravillas pero en cuestión de segundos comienzan a chasquear. Vale, sitúo razón / lógica a un lado y me centro en la mímica aunque a estas alturas de mi vida no estoy para hacer el ganso. Joder, esto tampoco funciona. Aquí pasa algo, no podemos llegar a un entendimiento. Es como hablar a una pared y esperar que te conteste algo.

Uff, ya voy por 15 y respiro hondo. Otra vez a empezar. “Mire señora, la fuga se corrigió hace más de cuatro meses. La garantía solo cubre tres, por lo tanto no es una reclamación”. Pero ella sigue en sus trece “niña, te digo que mi casa huele a gas y yo no estoy dispuesta a pagar otra vez a ese muchazo morenito de la vez anterior” El cuento de nunca acabar.

Aunque creo que lo que me encrespa de verdad son las viejas que se aprovechan la situación y se te cuelan en la cola del banco. El cajero automático esta en la antesala de la propia caja. Odio tener gente detrás controlando mis movimientos, prefiero que esperen fuera por lo cual yo actúo tal y como me gustaría que actuasen conmigo. Bien, hay una chica. Espero. Llega una vieja que parece un misto. Sigilosa como una culebrilla se me cuela. Joder, encima son las 13:35. La vieja aporrea todas las teclas, 13:45, algo no le cuadra. Sale a pedirme ayuda. Quiere hacer un ingreso pero no sabe como, quiere revisar su cuenta pero no sabe como. Quiere que yo lo haga por ella pero no quiere que le vea el número de cuenta ¡ pero es necesario escribirlo para acceder a la cuenta ¡ aunque la vieja se empeña en que no es necesario. Hay una clave pero tampoco sabe cual es. Uff son casi las 2 de la tarde y en el cajero se pueden cocer habas. Lo más inexplicable para mi es cómo llegó a enfadarse la mujer conmigo. Ahí, sin comerlo ni beberlo perdiendo parte de mi tiempo libre, aguantando el chaparrón para no soltar una de mis impertinencias.

Luego está la anciana que da de comer a los gatos y que cojea arrastrando un carro de la compra colmado de pan. Al principio me la encontraba de mañana, cuando regresaba a comer. El precioso camino al trabajo sombreado por la abundancia de árboles se convierte en una pesadilla cuando me doy de frente con la anciana y su carro. Ciento de palomas revolotean a su alrededor, picotean sus manos pidiendo más, los gatos asquerosos se frotan en sus piernas a la espera de ser acariciados y recibir algo a cambio. No tiene nada que ver mi pánico por los felinos pero en realidad veo a los gatos como animales interesados, sucios e infieles. Se me ponen los pelos de punta cuando la vieja me mira… sus ojos son dos pegotes de rimel mezclado con el azul pavo real de la sombra de ojos. Labios naranja chillón y pelo color zanahoria. Me intimida, me da miedo así que decido cambiar mi itinerario. Pasar cerca de la calzada, el estruendo del motor resonando en mis oídos, el sol que se pega a mi camiseta. Maldigo a la vieja del carro.

Estuve contando hasta 30 pero perdí la cuenta; al que tienes que ceder el asiento en el bus, el que no puede hacer una cola porque le duelen las piernas, la que tiene prisa porque se dejó el puchero en el fuego. El que esta sordo, la que se quedó viuda, el que abandonaron en una residencia…

¿y a mi cuando me toca?

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