El camino de casa al trabajo y del trabajo a casa puede resultar rutinario, desanimado y algo soso pero a mi cada día me parece diferente aún encontrándome con la misma gente.
Justo nada mas salir del portal me tropiezo con la chica del 1º C. Lleva a la niña a la primaria que hay al final de la calle. Es una chica joven, alta, cuerpo espectacular y dulce voz. Se encuentra con una amiga suya en la esquina que también es polaca. Me pregunto por qué no intentan relacionarse un poco con los demás, quizá no quieran mezclarse con gente como nosotros, tal vez tienen celos de su intimidad.
El hombre de mediana edad que hace trabajos de fontanería enfrente del portal me mira el culo cuando sale a fumarse un cigarro a eso de las 8:50 h. Es sorprendente que siempre se fume el cigarro a la misma hora, tal vez su cuerpo es una especie de reloj corporal que le pide ese pitillo sobre esa hora de la mañana. Mas adelante me encuentro al carnicero que trata de poner presentable la carne tras el cristal mugriento lleno de moscas y su mujer, esa gorda con cara de jamona jabalí y voz chirriante que acaba de llegar. Yo creo que tiene afán de protagonismo, en todo el barrio aunque hablásemos todos a la vez solo se le escucha a ella. Es mas, estando en casa intentando leer algo solo me llega el estridente sonido de su garganta profunda. A continuación esta el huevero jajajaja. Uhm, no sé exactamente cual es su especialidad porque tiene un poco de todo. Hombre de unos 50 años con pelo blanco y que usa zapatos de tacón aunque llueva, truene, nieve o haga calor. Nunca está en la tienda, lo encontrarás en el Bar Moreno, la cafetería de enfrente, apoyado en la barra con un botellín de cerveza en la mano. Siempre lleva un delantal blanco atado en la parte delantera. En la puerta de la tienda cuelga de la rama de un árbol una jaula con pájaros. No entiendo que relación guarda los pájaros con el establecimiento que vende pan, huevos, leche, pollo y algo de embutido. Lo mismo es para quien se atreva a pedirlo troceado como guarnición para un buen puchero. Una vez entré, al principio de mudarme a este barrio, y me repetí a mi misma como Escarlata O’Hara que jamás pondría mis pies en semejante cuchitril. Los pollos parecían esqueletos devorados por animalillos carroñeros desde hacía años, las salchichas se mezclaban con la mantequilla y las botellas de Ajax. Un paño negro como el hollín reposa en la tabla de cortar la carne, no se distingue el color de las baldosas y el azulejo de la pared de enfrente. La barra de pan son 0,80 céntimos, el chino de al lado 0,45 céntimos. No soy muy partidaria de comprar en los chinos mas que nada porque me he fijado que compran los productos en Alcampo y ellos le duplican el precio, al menos el chino de mi barrio. Así que suelo comprarles el pan y el vino como buena cristiana jajajaja. Bueno, después del pollero hay un bar y otro bar donde se reúnen los chavales para presumir de novia y de altavoces en el coche recientemente tuneado. Hay concursos, a ver quien es el tiene el equipo más potente. Otro concurso de haber quien es el que lanza el gargao más lejos. También hay una farmacia y un estanco. Al farmacéutico me lo cruzo a mitad de camino, en la misma calle de mi curro. Y el del estanco era un viejo muy majo. Digo era porque ha muerto recientemente. Hicimos buenas migas al principio, nos guardaba dos cartones de Viceroy cada cierto tiempo. Luego nos saludábamos cuando yo regresaba a casa y el cerraba poco antes de las dos del mediodía. Empecé a echarlo de menos en Navidad o poco después. En el estanco solo estaba el joven que en apariencia parece tener algún grado de minusvalía. Hace un mes nos contó que su padre había fallecido unos meses atrás. Es la primera persona conocida que muere desde que vivo aquí. Me sentí un poco mal porque deje de verlo de la noche a la mañana, me sentí mal porque vi a su hijo un poco indefenso en el estanco, creo que un poco perdido.
En otro tramo del camino, donde los árboles tapan el cielo y dibujan una alfombra de sombras en la gastada piedra del suelo, me encuentro con los dos chicos de la frutería. A esa hora comienzan a sacar las cajas de frutas y verduras con el cartelito de la oferta del día. Pero en realidad las ofertas no son buenas. Muchas veces he comprado tomates para ensalada que me han cobrado a precio de oro, igual que los pimientos y los limones. Se nota que la verdura no tiene buen color. La relación calidad precio no es buena. Cuando salgo a la avenida principal veo a los taxistas; unos fuera del coche fumando, otro hablando con la chica que vende cupones en la esquina y otros subiendo algún encorbatado con traje caro que al parecer está llegando tarde al curro. Siempre que estoy llegando a este punto el semáforo se pone en mi contra encendiendo la lucecita verde para los conductores que parecen estar participando en algún really. Entonces miro la marquesina de la parada del bus. Miro la hora, casi las 9 en punto, y la temperatura del día. Al cruzar el semáforo comienzo a recorrer la calle de mi curro. Primero coincido con la gente de Telefónica, es la hora del desayuno y el cigarro. Hacen pequeños grupos de cuatro o cinco y acumulan las colillas en todos los rincones del soportal. Cruzo la calle de la guardería, iglesia y hogar del mayor. El hombre del kiosco coloca los suplementos sobre la acera y en este punto me cruzo con la chica de negro. Una mujer de unos 40 totalmente vestida de negro, pelo largo, grandes cadenas, tatuajes, uñas pintadas de negro. Compra El Mundo y se enciende un cigarro apoyada en el ladrillo de la guardería. A continuación paso al lado del chino que hace pan y calienta la bollería. Cada vez que alguien entra en la tienda suena una campana clin, clin, clin, me encanta ese sonido y el olor a chocolate caliente, a pan recién horneado. Un padre entra en el local con su hija que tiene síndrome de down. El portero que barre un trozo de la acera y frota el cepillo contra el tronco de un árbol. El chico de la ferretería que me llama enana cuando paso por la puerta. El hombre misterioso con maletín en la mano y traje prestado. Es cierto, parece que llevase un traje que no es de su medida, la chaqueta le cuelga de los hombros y las mangas le quedan largas. También fuma, a veces entra en el bar de al lado y se toma una copa de anís antes de proseguir con su ruta. Ya he llegado a mi puesto de trabajo y me reúno con los de siempre para hablar del tiempo, de los hijoputas que son nuestros jefes, la mala noche que hemos pasado y quien ha echado el polvo más grande la historia. Me gusta hablar con la chica de los frutos secos, son divertidas sus anécdotas. Por la tarde me guarda una bolsa de bolitas de queso que uno de los chicos con mucho mimo me las trae para merendar.
Hay gente curiosa, gente con la que me gusta intercambiar más que cuatro palabras. Gente a la que me gusta observar, investigar…
Me encanta sobretodo el camino diario, los semáforos cambiando de color, los pájaros cantar, el corro de palomas moviéndose de un lado hacía otro, la sombra que se alterna con el sol. Los sonidos.
Justo nada mas salir del portal me tropiezo con la chica del 1º C. Lleva a la niña a la primaria que hay al final de la calle. Es una chica joven, alta, cuerpo espectacular y dulce voz. Se encuentra con una amiga suya en la esquina que también es polaca. Me pregunto por qué no intentan relacionarse un poco con los demás, quizá no quieran mezclarse con gente como nosotros, tal vez tienen celos de su intimidad.
El hombre de mediana edad que hace trabajos de fontanería enfrente del portal me mira el culo cuando sale a fumarse un cigarro a eso de las 8:50 h. Es sorprendente que siempre se fume el cigarro a la misma hora, tal vez su cuerpo es una especie de reloj corporal que le pide ese pitillo sobre esa hora de la mañana. Mas adelante me encuentro al carnicero que trata de poner presentable la carne tras el cristal mugriento lleno de moscas y su mujer, esa gorda con cara de jamona jabalí y voz chirriante que acaba de llegar. Yo creo que tiene afán de protagonismo, en todo el barrio aunque hablásemos todos a la vez solo se le escucha a ella. Es mas, estando en casa intentando leer algo solo me llega el estridente sonido de su garganta profunda. A continuación esta el huevero jajajaja. Uhm, no sé exactamente cual es su especialidad porque tiene un poco de todo. Hombre de unos 50 años con pelo blanco y que usa zapatos de tacón aunque llueva, truene, nieve o haga calor. Nunca está en la tienda, lo encontrarás en el Bar Moreno, la cafetería de enfrente, apoyado en la barra con un botellín de cerveza en la mano. Siempre lleva un delantal blanco atado en la parte delantera. En la puerta de la tienda cuelga de la rama de un árbol una jaula con pájaros. No entiendo que relación guarda los pájaros con el establecimiento que vende pan, huevos, leche, pollo y algo de embutido. Lo mismo es para quien se atreva a pedirlo troceado como guarnición para un buen puchero. Una vez entré, al principio de mudarme a este barrio, y me repetí a mi misma como Escarlata O’Hara que jamás pondría mis pies en semejante cuchitril. Los pollos parecían esqueletos devorados por animalillos carroñeros desde hacía años, las salchichas se mezclaban con la mantequilla y las botellas de Ajax. Un paño negro como el hollín reposa en la tabla de cortar la carne, no se distingue el color de las baldosas y el azulejo de la pared de enfrente. La barra de pan son 0,80 céntimos, el chino de al lado 0,45 céntimos. No soy muy partidaria de comprar en los chinos mas que nada porque me he fijado que compran los productos en Alcampo y ellos le duplican el precio, al menos el chino de mi barrio. Así que suelo comprarles el pan y el vino como buena cristiana jajajaja. Bueno, después del pollero hay un bar y otro bar donde se reúnen los chavales para presumir de novia y de altavoces en el coche recientemente tuneado. Hay concursos, a ver quien es el tiene el equipo más potente. Otro concurso de haber quien es el que lanza el gargao más lejos. También hay una farmacia y un estanco. Al farmacéutico me lo cruzo a mitad de camino, en la misma calle de mi curro. Y el del estanco era un viejo muy majo. Digo era porque ha muerto recientemente. Hicimos buenas migas al principio, nos guardaba dos cartones de Viceroy cada cierto tiempo. Luego nos saludábamos cuando yo regresaba a casa y el cerraba poco antes de las dos del mediodía. Empecé a echarlo de menos en Navidad o poco después. En el estanco solo estaba el joven que en apariencia parece tener algún grado de minusvalía. Hace un mes nos contó que su padre había fallecido unos meses atrás. Es la primera persona conocida que muere desde que vivo aquí. Me sentí un poco mal porque deje de verlo de la noche a la mañana, me sentí mal porque vi a su hijo un poco indefenso en el estanco, creo que un poco perdido.
En otro tramo del camino, donde los árboles tapan el cielo y dibujan una alfombra de sombras en la gastada piedra del suelo, me encuentro con los dos chicos de la frutería. A esa hora comienzan a sacar las cajas de frutas y verduras con el cartelito de la oferta del día. Pero en realidad las ofertas no son buenas. Muchas veces he comprado tomates para ensalada que me han cobrado a precio de oro, igual que los pimientos y los limones. Se nota que la verdura no tiene buen color. La relación calidad precio no es buena. Cuando salgo a la avenida principal veo a los taxistas; unos fuera del coche fumando, otro hablando con la chica que vende cupones en la esquina y otros subiendo algún encorbatado con traje caro que al parecer está llegando tarde al curro. Siempre que estoy llegando a este punto el semáforo se pone en mi contra encendiendo la lucecita verde para los conductores que parecen estar participando en algún really. Entonces miro la marquesina de la parada del bus. Miro la hora, casi las 9 en punto, y la temperatura del día. Al cruzar el semáforo comienzo a recorrer la calle de mi curro. Primero coincido con la gente de Telefónica, es la hora del desayuno y el cigarro. Hacen pequeños grupos de cuatro o cinco y acumulan las colillas en todos los rincones del soportal. Cruzo la calle de la guardería, iglesia y hogar del mayor. El hombre del kiosco coloca los suplementos sobre la acera y en este punto me cruzo con la chica de negro. Una mujer de unos 40 totalmente vestida de negro, pelo largo, grandes cadenas, tatuajes, uñas pintadas de negro. Compra El Mundo y se enciende un cigarro apoyada en el ladrillo de la guardería. A continuación paso al lado del chino que hace pan y calienta la bollería. Cada vez que alguien entra en la tienda suena una campana clin, clin, clin, me encanta ese sonido y el olor a chocolate caliente, a pan recién horneado. Un padre entra en el local con su hija que tiene síndrome de down. El portero que barre un trozo de la acera y frota el cepillo contra el tronco de un árbol. El chico de la ferretería que me llama enana cuando paso por la puerta. El hombre misterioso con maletín en la mano y traje prestado. Es cierto, parece que llevase un traje que no es de su medida, la chaqueta le cuelga de los hombros y las mangas le quedan largas. También fuma, a veces entra en el bar de al lado y se toma una copa de anís antes de proseguir con su ruta. Ya he llegado a mi puesto de trabajo y me reúno con los de siempre para hablar del tiempo, de los hijoputas que son nuestros jefes, la mala noche que hemos pasado y quien ha echado el polvo más grande la historia. Me gusta hablar con la chica de los frutos secos, son divertidas sus anécdotas. Por la tarde me guarda una bolsa de bolitas de queso que uno de los chicos con mucho mimo me las trae para merendar.
Hay gente curiosa, gente con la que me gusta intercambiar más que cuatro palabras. Gente a la que me gusta observar, investigar…
Me encanta sobretodo el camino diario, los semáforos cambiando de color, los pájaros cantar, el corro de palomas moviéndose de un lado hacía otro, la sombra que se alterna con el sol. Los sonidos.
Canción: No mires a los ojos de la gente
Artista: Golpes Bajos
