Espíritus

domingo, 28 de junio de 2009 by dispersa


El recorrido por las entrañas de la ciudad nunca había sido tan encantador y tan intenso. Cuerpos próximos, manos cercanas que se desean tocar, miradas que quieren comer, labios que se quieren besar. Dos espíritus del mundo material se encuentran bajo tierra. Ajenos a lo demás, cruce de líneas, mapa, paradas y una calle estrecha testigo de primeros pasos. Se miran, se hablan y un mismo pensamiento brota del deseo. Un paisaje, electricidad estática, adrenalina y corazón acelerado. Una habitación cargada de suave brisa, aire que hace bailar las cortinas. Una habitación envuelta en humo y luz de vela, olor a madera y frutos salvajes. Dos espíritus del mundo material cargados de electricidad estática experimentan desnudos. Descubren sus cuerpos, adivinan sus sexos. Lamen, beben, comen, abren, devoran, exprimen sus miembros. Dos espíritus viajan a través de sus miradas, escriben versos piel con piel, dibujan círculos con la punta de sus lenguas dejando un rastro de saliva en la carne tibia. Se dejan llevar, no existe tiempo ni espacio, no existe el resto de la ciudad, solo un mundo paralelo. Incontinencia, fantasías desatadas, juegos. Calma, caricias acompañadas de breves susurros. Revolución, explosión y descarga de placer, deseo, acumulado. Nunca fue suficiente. Después vendría más…

Gente II

domingo, 21 de junio de 2009 by dispersa


El camino de casa al trabajo y del trabajo a casa puede resultar rutinario, desanimado y algo soso pero a mi cada día me parece diferente aún encontrándome con la misma gente.

Justo nada mas salir del portal me tropiezo con la chica del 1º C. Lleva a la niña a la primaria que hay al final de la calle. Es una chica joven, alta, cuerpo espectacular y dulce voz. Se encuentra con una amiga suya en la esquina que también es polaca. Me pregunto por qué no intentan relacionarse un poco con los demás, quizá no quieran mezclarse con gente como nosotros, tal vez tienen celos de su intimidad.
El hombre de mediana edad que hace trabajos de fontanería enfrente del portal me mira el culo cuando sale a fumarse un cigarro a eso de las 8:50 h. Es sorprendente que siempre se fume el cigarro a la misma hora, tal vez su cuerpo es una especie de reloj corporal que le pide ese pitillo sobre esa hora de la mañana. Mas adelante me encuentro al carnicero que trata de poner presentable la carne tras el cristal mugriento lleno de moscas y su mujer, esa gorda con cara de jamona jabalí y voz chirriante que acaba de llegar. Yo creo que tiene afán de protagonismo, en todo el barrio aunque hablásemos todos a la vez solo se le escucha a ella. Es mas, estando en casa intentando leer algo solo me llega el estridente sonido de su garganta profunda. A continuación esta el huevero jajajaja. Uhm, no sé exactamente cual es su especialidad porque tiene un poco de todo. Hombre de unos 50 años con pelo blanco y que usa zapatos de tacón aunque llueva, truene, nieve o haga calor. Nunca está en la tienda, lo encontrarás en el Bar Moreno, la cafetería de enfrente, apoyado en la barra con un botellín de cerveza en la mano. Siempre lleva un delantal blanco atado en la parte delantera. En la puerta de la tienda cuelga de la rama de un árbol una jaula con pájaros. No entiendo que relación guarda los pájaros con el establecimiento que vende pan, huevos, leche, pollo y algo de embutido. Lo mismo es para quien se atreva a pedirlo troceado como guarnición para un buen puchero. Una vez entré, al principio de mudarme a este barrio, y me repetí a mi misma como Escarlata O’Hara que jamás pondría mis pies en semejante cuchitril. Los pollos parecían esqueletos devorados por animalillos carroñeros desde hacía años, las salchichas se mezclaban con la mantequilla y las botellas de Ajax. Un paño negro como el hollín reposa en la tabla de cortar la carne, no se distingue el color de las baldosas y el azulejo de la pared de enfrente. La barra de pan son 0,80 céntimos, el chino de al lado 0,45 céntimos. No soy muy partidaria de comprar en los chinos mas que nada porque me he fijado que compran los productos en Alcampo y ellos le duplican el precio, al menos el chino de mi barrio. Así que suelo comprarles el pan y el vino como buena cristiana jajajaja. Bueno, después del pollero hay un bar y otro bar donde se reúnen los chavales para presumir de novia y de altavoces en el coche recientemente tuneado. Hay concursos, a ver quien es el tiene el equipo más potente. Otro concurso de haber quien es el que lanza el gargao más lejos. También hay una farmacia y un estanco. Al farmacéutico me lo cruzo a mitad de camino, en la misma calle de mi curro. Y el del estanco era un viejo muy majo. Digo era porque ha muerto recientemente. Hicimos buenas migas al principio, nos guardaba dos cartones de Viceroy cada cierto tiempo. Luego nos saludábamos cuando yo regresaba a casa y el cerraba poco antes de las dos del mediodía. Empecé a echarlo de menos en Navidad o poco después. En el estanco solo estaba el joven que en apariencia parece tener algún grado de minusvalía. Hace un mes nos contó que su padre había fallecido unos meses atrás. Es la primera persona conocida que muere desde que vivo aquí. Me sentí un poco mal porque deje de verlo de la noche a la mañana, me sentí mal porque vi a su hijo un poco indefenso en el estanco, creo que un poco perdido.

En otro tramo del camino, donde los árboles tapan el cielo y dibujan una alfombra de sombras en la gastada piedra del suelo, me encuentro con los dos chicos de la frutería. A esa hora comienzan a sacar las cajas de frutas y verduras con el cartelito de la oferta del día. Pero en realidad las ofertas no son buenas. Muchas veces he comprado tomates para ensalada que me han cobrado a precio de oro, igual que los pimientos y los limones. Se nota que la verdura no tiene buen color. La relación calidad precio no es buena. Cuando salgo a la avenida principal veo a los taxistas; unos fuera del coche fumando, otro hablando con la chica que vende cupones en la esquina y otros subiendo algún encorbatado con traje caro que al parecer está llegando tarde al curro. Siempre que estoy llegando a este punto el semáforo se pone en mi contra encendiendo la lucecita verde para los conductores que parecen estar participando en algún really. Entonces miro la marquesina de la parada del bus. Miro la hora, casi las 9 en punto, y la temperatura del día. Al cruzar el semáforo comienzo a recorrer la calle de mi curro. Primero coincido con la gente de Telefónica, es la hora del desayuno y el cigarro. Hacen pequeños grupos de cuatro o cinco y acumulan las colillas en todos los rincones del soportal. Cruzo la calle de la guardería, iglesia y hogar del mayor. El hombre del kiosco coloca los suplementos sobre la acera y en este punto me cruzo con la chica de negro. Una mujer de unos 40 totalmente vestida de negro, pelo largo, grandes cadenas, tatuajes, uñas pintadas de negro. Compra El Mundo y se enciende un cigarro apoyada en el ladrillo de la guardería. A continuación paso al lado del chino que hace pan y calienta la bollería. Cada vez que alguien entra en la tienda suena una campana clin, clin, clin, me encanta ese sonido y el olor a chocolate caliente, a pan recién horneado. Un padre entra en el local con su hija que tiene síndrome de down. El portero que barre un trozo de la acera y frota el cepillo contra el tronco de un árbol. El chico de la ferretería que me llama enana cuando paso por la puerta. El hombre misterioso con maletín en la mano y traje prestado. Es cierto, parece que llevase un traje que no es de su medida, la chaqueta le cuelga de los hombros y las mangas le quedan largas. También fuma, a veces entra en el bar de al lado y se toma una copa de anís antes de proseguir con su ruta. Ya he llegado a mi puesto de trabajo y me reúno con los de siempre para hablar del tiempo, de los hijoputas que son nuestros jefes, la mala noche que hemos pasado y quien ha echado el polvo más grande la historia. Me gusta hablar con la chica de los frutos secos, son divertidas sus anécdotas. Por la tarde me guarda una bolsa de bolitas de queso que uno de los chicos con mucho mimo me las trae para merendar.

Hay gente curiosa, gente con la que me gusta intercambiar más que cuatro palabras. Gente a la que me gusta observar, investigar…

Me encanta sobretodo el camino diario, los semáforos cambiando de color, los pájaros cantar, el corro de palomas moviéndose de un lado hacía otro, la sombra que se alterna con el sol. Los sonidos.







Canción: No mires a los ojos de la gente
Artista: Golpes Bajos

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Gente

miércoles, 17 de junio de 2009 by dispersa


Ultimamente me he perdido al contar hasta treinta, me he perdido o se agota antes mi paciencia. Aunque pienso que no esta mal del todo, ya que antes solo contaba hasta diez. La culpa la tiene la gente, la gente que va de gilipollas y los que lo son de verdad, no sé cual de estas dos especies es peor. Y luego están los viejos, ancianos, gente de la tercera edad o como los quieras llamar, porque si mucho pobrecitos pero llegan a desquiciar a un Santo. (Y ahora me siento cruel y mala persona).

Lo de menos es intentar razonar con ellos. Hay mentes abiertas, cerradas, atrofiadas, dilatadas, raquíticas. Conozco unas cuantas que aparentemente funcionan a las mil maravillas pero en cuestión de segundos comienzan a chasquear. Vale, sitúo razón / lógica a un lado y me centro en la mímica aunque a estas alturas de mi vida no estoy para hacer el ganso. Joder, esto tampoco funciona. Aquí pasa algo, no podemos llegar a un entendimiento. Es como hablar a una pared y esperar que te conteste algo.

Uff, ya voy por 15 y respiro hondo. Otra vez a empezar. “Mire señora, la fuga se corrigió hace más de cuatro meses. La garantía solo cubre tres, por lo tanto no es una reclamación”. Pero ella sigue en sus trece “niña, te digo que mi casa huele a gas y yo no estoy dispuesta a pagar otra vez a ese muchazo morenito de la vez anterior” El cuento de nunca acabar.

Aunque creo que lo que me encrespa de verdad son las viejas que se aprovechan la situación y se te cuelan en la cola del banco. El cajero automático esta en la antesala de la propia caja. Odio tener gente detrás controlando mis movimientos, prefiero que esperen fuera por lo cual yo actúo tal y como me gustaría que actuasen conmigo. Bien, hay una chica. Espero. Llega una vieja que parece un misto. Sigilosa como una culebrilla se me cuela. Joder, encima son las 13:35. La vieja aporrea todas las teclas, 13:45, algo no le cuadra. Sale a pedirme ayuda. Quiere hacer un ingreso pero no sabe como, quiere revisar su cuenta pero no sabe como. Quiere que yo lo haga por ella pero no quiere que le vea el número de cuenta ¡ pero es necesario escribirlo para acceder a la cuenta ¡ aunque la vieja se empeña en que no es necesario. Hay una clave pero tampoco sabe cual es. Uff son casi las 2 de la tarde y en el cajero se pueden cocer habas. Lo más inexplicable para mi es cómo llegó a enfadarse la mujer conmigo. Ahí, sin comerlo ni beberlo perdiendo parte de mi tiempo libre, aguantando el chaparrón para no soltar una de mis impertinencias.

Luego está la anciana que da de comer a los gatos y que cojea arrastrando un carro de la compra colmado de pan. Al principio me la encontraba de mañana, cuando regresaba a comer. El precioso camino al trabajo sombreado por la abundancia de árboles se convierte en una pesadilla cuando me doy de frente con la anciana y su carro. Ciento de palomas revolotean a su alrededor, picotean sus manos pidiendo más, los gatos asquerosos se frotan en sus piernas a la espera de ser acariciados y recibir algo a cambio. No tiene nada que ver mi pánico por los felinos pero en realidad veo a los gatos como animales interesados, sucios e infieles. Se me ponen los pelos de punta cuando la vieja me mira… sus ojos son dos pegotes de rimel mezclado con el azul pavo real de la sombra de ojos. Labios naranja chillón y pelo color zanahoria. Me intimida, me da miedo así que decido cambiar mi itinerario. Pasar cerca de la calzada, el estruendo del motor resonando en mis oídos, el sol que se pega a mi camiseta. Maldigo a la vieja del carro.

Estuve contando hasta 30 pero perdí la cuenta; al que tienes que ceder el asiento en el bus, el que no puede hacer una cola porque le duelen las piernas, la que tiene prisa porque se dejó el puchero en el fuego. El que esta sordo, la que se quedó viuda, el que abandonaron en una residencia…

¿y a mi cuando me toca?

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